La memoria postiza que antes no teníamos

 La tecnología nos ha traído necesidades que antes no teníamos, y que ni siquiera imaginábamos que existían. Formas de comunicación inmediata, aparatos que hacen todo por nosotros y a los que solo les hace falta pensar para cobrar vida. Y de todas estas cosas, la que menos nos imaginábamos necesitar era una memoria postiza, un apéndice fácil y poderoso, pero desechable, de nuestra propia mente.

La flash memory, o USB, o como quiera llamarse ha ocupado una parte importante de nuestras vidas, no solo a nivel laboral, hecho que nos presenta la perfecta excusa para poseerla, sino también para entretenimiento, para descargar programas (pirateados o no), para almacenar imágenes, canciones y videos; deberes y listas; documentos a medio acabar y archivos que no funcionaron.

Quien se iba a imaginar veinte años atrás, que sería posible guardar miles de fotos en una pequeña cápsula de no más de tres centímetros de largo, cuando en el pasado, quien se dedicaba al delicado arte de guardar memorias, tenía que dedicar su tiempo y su esfuerzo a la cuidadosa selección de las mejores fotos, para luego poner su álbum en un altar especial. Y qué hay de aquellas primeras cartas románticas en las que dejó muchas lágrimas, cuidadosamente atadas con una cinta primorosa, y guardadas en un cofre secreto; y qué decir de aquellas memorias, dolorosas o felices, que no pudieron quedar registradas de ninguna forma y que tuvieron que ser contadas bajo las estrellas y con la voz temblorosa.

Ahora, nuestra vida, cortada a pequeños pedazos va a la flash. Información que necesita ser copiada, o creada, o ejecutada, recuerdos y tareas, todos entremezclados en un desorden de bits necesarios, todo va a la flash. Y aquellos archivos que no son útiles son borrados sin remordimientos, sin detenernos a pensar, se desechan.

Con este utilísimo artefacto nos hemos vuelto acumuladores. Guardamos y almacenamos información de toda índole como si estuviésemos guardando para el invierno, aunque con este ritmo de vida acelerado, nunca lleguemos a hibernar.

Es extraño verse a uno mismo, o un pedazo de sí en un apéndice artificial. Un postizo de nuestra insuficiente memoria empaquetada y dispuesta. Lista para ser transmitida al mundo en un segundo. Lista para ser borrada para siempre.

Y al igual que cualquier otra parte de nuestro cuerpo, también se puede enfermar. Amenazada por virus extraordinarios, basta que se haya tenido un inocente contacto con otro individuo similar para quedar inutilizable.

¿Y si la flash se daña? Nos compramos otra. ¿Y si la flash se pierde? Nos compramos otra.

¿Y si nuestra mente se pierde?

El genial Peyo, de origen Belga nos narra en sus historietas cómo nace la Pitufina. Creada por Gargamel en su laboratorio para acabar con la hermandad y buena voluntad de sus enemigos, los pitufos, siguió esta interesante fórmula del tratado Magicae Formulae:

Una pizca de coquetería…Una buena capa de parcialidad…Tres lágrimas de cocodrilo…Un cerebro de lagartija…Polvo de lengua de víbora…Un quilate de simpatía…Un puñadito de cólera…Un dedo de mentirijillas…Un dedal de glotonería…Un cuartillo de mala fe…Una pizca de inconsciencia…Un soplo de orgullo…Una pinta de envidia…Un poquitín de sensiblería…Una medida de tontería y una medida de astucia…Mucho ingenio y mucha obstinación…Una vela que haya ardido por ambos extremos…

No puedo evitar una gran sonrisa al ver este intento de definir al género femenino en ésta fórmula mágica, y de inmediato me pregunto si yo también fui creada con estos invaluables ingredientes. Casi puedo ver a Dios moviendo un gran caldero, con la barba arremangada y probando de vez en cuando su potaje, para ver si tiene ya el sabor de Bellatrix Litterae. Creo que seguramente, a mi creador se le pasó la mano con las lágrimas de cocodrilo y la sensiblería. Y pienso que, en el momento de añadir el ingrediente secreto (la literatura), seguramente se le resbaló la mano y me convirtió en este extraño reptil taciturno come libros. También me puso una pizquita de buena voluntad, un sucre de buen humor y veinte centavos de mal humor, una onza de paciencia y diez gramos de rencor. Amén de otros menjurjes que ya iré descubriendo demasiado tarde. Pero no me puso demasiada memoria. O será que la voy perdiendo por una excesiva nostalgia de luna tierna. ¿Qué más da? Todo se soluciona ahora con un apéndice artificial.

Bellatrix Litterae

 

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