Azotad sus espaldas

La escuela es imperfecta. Y su imperfección se basa en que es un fenómeno eminentemente social, y por tanto sometido a los avatares de las costumbres y creencias. Elitista, sexista, represiva, fanática e injusta a lo largo de su historia, la escuela no ha alcanzado, ni en pleno siglo XXI, un funcionamiento científico humanista adecuado a realidades evidentes y necesarias para desarrollar las plenas capacidades de un ser humano.

Entonces, ¿para qué sirve la escuela? Una rápida investigación a través del google nos da resultados contundentes: “para torturar a los niños”. A nadie le cae en gracia estar sentado durante horas en la misma posición oyendo el monótono discurso de un maestro que a veces ni siquiera alcanza a identificar a todos sus alumnos de una clase atestada. Sin embargo, la opinión de los expertos es que la escuela sí sirve y de mucho. Vamos a dar tres buenas razones de por qué se debe ir a la escuela.

Al indagar un poco en la historia, un par de siglos antes de nuestra era, nos topamos con la chocante filosofía de propiedad de los hijos, y cómo el padre era dueño y señor de sus vidas. Podía darlos en esclavitud para compensar deudas, disponer de ellos para la servidumbre de la casa o para aumentar sus negocios y su riqueza, podía matarlos si quería. Aparece así la primera función de la escuela: devolver a los niños su calidad de seres humanos al ser protegidos por la comunidad escolar; dar a sus mentes la oportunidad de abrirse al mundo de la ciencia. La sociedad creó así una dinámica en la que el niño tenía derechos y no era considerado una simple propiedad, y lo hizo cultivando sus mentes, preocupándose porque tenga acceso al conocimiento. Recordemos que los programas escolares siempre han sido una gran preocupación para la comunidad, empezando por el trívium y el quadrivium de los antiguos griegos, hasta nuestros días.

Claro, hoy por hoy, es fácil percibir a la familia como un lugar de refugio y protección en contra de los malvados maestros y el pérfido sistema escolar con sus métodos obsoletos. Pero no hay que olvidar que el poder absoluto y sus abusos empezaron en casa.

No por eso se puede decir que la escuela es un paraíso. Qué decir del brutal sistema represivo de la antigüedad y que lamentablemente, aún se da en algunas escuelas modernas, aceptado o no, en el que se atenta contra la integridad física del niño. “Azotad sus espaldas”, nos decían los antiguos egipcios, “La oreja del muchacho está en su espalda”, o, “la letra con sangre entra”, se decía, o era común que el padre le lleve el chicote, el Sanmartín o el chine al profesor de escuela con la consigna: “déle, déle no más porque así aprende”.

No defiendo de ninguna manera el maltrato a ningún ser viviente, pero a favor de la escuela, puedo decir que si pegaban en la escuela, era porque también pegaban en la casa. Era la idiosincrasia de la época. Sin embargo, el sistema de premios por logros individuales también se debe a la escuela. Aunque controversial, la escuela es el lugar donde podemos realzar nuestra valía, y si bien no somos todos unos genios y salimos bien en todo, en la escuela sí podemos darnos cuenta de que en algo mismo le atinamos. Segunda razón por la que sirve la escuela: poder escoger un área de nuestro interés, personalmente, no porque nuestros padres, abuelos y bisabuelos lo hicieron, sino porque es nuestro derecho a la elección, porque quizá es parte de nuestra naturaleza, y esta elección no podría ser posible sin que la escuela nos abra un abanico de posibilidades a través de su enfoque en ciencia, sociedad, artes y cultura.

Todos estos visos de intervención, sin embargo, no nos acercan al quid de la cuestión: para qué sirve aprender historia, geografía, gramática, literatura, lectura, para qué álgebra, ¿para qué esas materias de relleno, como psicología, filosofía o arte? ¿Para qué me va servir saber el cuadrado de la hipotenusa en la vida real?

Pues en la vida real, para nada. Y es que la vida no es real. Tenemos que darnos cuenta de que vivimos en una sociedad inventada, con reglas inventadas, y no todas son lógicas, y los seres humanos somos seres artificiales. Nuestra civilización tiene bases bastante precarias, sino, solo imagínense qué sucedería si ocurre un apocalipsis zombi y nos quedamos sin electricidad. Adiós a la mayor parte de las comodidades de las que estamos tan orgullosos y que nos hacen sentirnos “modernos”.

Además, y establezco con esto mi tercer argumento, la función de la escuela no es la de servir para la vida, la función de la escuela es servir de inspiración para la futura transformación de la sociedad. Es verdad que no todas las escuelas son iguales, pero en general, en la escuela aprendimos a compartir, tanto a hacer silencio como a sobresalir, a ser individuos y a trabajar en grupo, a llorar y a encontrar consuelo. Es probable que tal vez en tu vida profesional te encuentres con un problema inesperado, difícil, nuevo; y tal vez recuerdes un poema, un consejo, un teorema, que te ayude de una forma creativa y espontánea, y quizás no sepas en dónde lo aprendiste. Aunque no lo recuerdes, eso lo aprendiste en la escuela.

En conclusión, hay algunos padres que piensan que la escuela no sirve de mucho y lo perciben como un monstruo del que hay que proteger a sus hijos. Hay muchos alumnos que dicen que lo que aprenden en la escuela no sirve de nada y cierran sus mentes a lo nuevo. Creo que la escuela es imperfecta y está en perpetua transformación, pero el valor del conocimiento, el cariño de los amigos y el cuidado de los maestros está vigente. Además, no debes preguntar para qué sirve la escuela. El que debe servir para algo eres tú.


Bellatrix Litterae

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