Latinoamérica no existe

Los mapas marcan una ilusión: Las líneas que marcan los límites de cada país del globo, son líneas imaginarias. No existen en un sentido geológico, ni biológico, ni siquiera legal. No está establecido por la naturaleza que al cruzar un río o una colina montañosa, el paisaje, las personas y los animales que lo habitan sean diferentes. Por lo tanto, ¿qué significa pertenecer a un territorio, tener nacionalidad, más aún, ser latinoamericano?
Por definición del diccionario aprobado por la Real Academia de la Lengua, una nación es: 1. Conjunto de los habitantes de un país regido por el mismo gobierno. 2. f. Territorio de ese país. 3. f. Conjunto de personas de un mismo origen y que generalmente hablan un mismo idioma y tienen una tradición común.
Podemos entonces decir que un latinoamericano es una persona nacida en Latinoamérica, que habla el mismo idioma; el español, y que tiene una tradición que pertenece a sus orígenes. En resumen: nacimiento, idioma y tradición es lo que nos define.
Sin embargo, el amasijo de seres humanos que habitan este mosaico colorido que es América latina, no tienen el mismo origen. El mestizaje se estableció con violencia desde que nuestros nobles conquistadores pusieron el primer pie en esta tierra. Así, poco o nada queda de los habitantes propiamente americanos, los indios. Cristóbal Colón los definía como: “Naturales hermosos de buen porte y de color moreno”. Después de sufrir un asesinato masivo, una explotación despiadada, hambre, enfermedad y muerte, la constitución de los nativos cambió. La talla, la capacidad intelectual, los rasgos de cualquier grupo humano cambian con un maltrato semejante. Y aún tienen que soportar desprecios por ser simplemente “indios”. Lo que es de asombrarse es que todavía queden indígenas, con un rezago de tradición que protegieron callados, temerosos de sufrir castigos y prohibiciones.
En estas tierras habitamos gentes de todos los colores, mezclados en un rico champús: cholos, morochos, zambos, negros, blancos, mulatos, trigueños, tostados, moriscos, chinos, en una palabra: sudacas. Sudaca es como nos llaman de forma despectiva a todos aquellos que hemos nacido en esta tierra y de este maremágnum.
Pero, aunque hayamos perdido nuestro color original, todavía nos definimos por el idioma, sí, si es que se habla kichwa. Porque el español y el portugués son idiomas europeos y por tanto importados.
Entonces, nos queda la tradición. Y al hablar de tradición, necesariamente se conecta a religión. La fe imperante es la católica en todo el territorio Latinoamericano. Las fiestas principales son: Navidad, Semana Santa, Carnaval, San Valentín, que si bien son de un humilde origen hebreo, fueron impuestas por los conquistadores, y a la fuerza.
Podemos hablar tal vez de otro tipo de tradición entonces, como la música por ejemplo. Me temo que en la música el idioma aborigen no suena. Y el español, está en franco combate y perdiendo. El idioma imperante es el inglés. Si no está en inglés, es un ausente, un fantasma en el remolino comercial del mundo.
¿Qué tal el vestido? Pues bien, las hermosas vestiduras indígenas, nuestro orgullo cuando queremos mostrar a los extranjeros la riqueza y colorido de nuestras profundas raíces, en realidad, no son indígenas. Fueron impuestas por los conquistadores cuando se supieron dueños de las vidas de los naturales. Estas vestimentas fueron copiadas de pequeños pueblos europeos: faldas, camisas, pantalones, sombreros e incluso el peinado, fueron importados. Los ilustres europeos pensaron que nuestras vestiduras eran incivilizadas y atentaban al pudor.
En fin, todas esas son cosas pasadas. El hecho es que todos los que nacimos en Latinoamérica son Latinoamericanos y eso debería bastar. Sí, pero; ¿quién quiere ser latinoamericano? Nadie. Nuestro sistema educativo glorifica al idioma inglés y a su cultura. Nuestra ciencia no vale. Lo que es nacional es de mala calidad, para pobres, o para giles que se tragan las consignas del gobierno. Cualquier persona sabe que las mejores marcas son Aeropostale, Nike, Kentucky Fried Chicken, etc. Hablar en Inglés y tener nombre gringo es lo mejor: John, Jennifer, Roger, Bryan, etc. son los favoritos. Nuestros niños desde el nacimiento se preparan para NO ser latinoamericanos. Para tener gustos gringos, para ser alguien en el primer mundo. Los habitantes de esta región estamos en continuo viaje y preparando las maletas desde el vientre de nuestra madre. Aquí no se hace nada, los sueños se cumplen en el hemisferio norte.
Los medios de comunicación son una especie de narcótico. Nos hipnotizan las visiones de ciudades de ensueño, es la droga con la que nos controlan: para ser felices compren nuestros productos, compren nuestras ropas y beban nuestras bebidas light. Vale arriesgar la vida por eso, vale abandonar a nuestras familias, vale ser sirvientes, vale ser humillados o golpeados, vale olvidar nuestro origen y echar pa’lante. A eso le llamamos superarse. A convertirnos en gringos adictos al consumismo. ¿Por qué llamarnos latinoamericanos si nuestros deseos y sueños están en el norte?
Desde hace mucho tiempo que esta tierra no es Latinoamérica. Es la tierra de cultivo de los ricos industriales primermundistas. Es la sala de espera de los ilusionados en los dólares y los euros. Es la cárcel de donde se fugan nuestros cerebros. Es el vestidor del teatro, y todos esperamos que nos llegue el momento en el hermoso y brillante drama del primer mundo.


Bellatrix Litterae

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