Las mujeres son inferiores

¿Por qué no empiezo este ensayo con “las mujeres somos inferiores”? Por dos razones: una, porque es un reconocimiento de inferioridad. Las mujeres tienen ciertas inclinaciones naturales, que si bien por sí mismas no son negativas, puestas en un contexto social, nos segregan. Y dos, esas inclinaciones naturales se pueden dejar de lado para enfocar nuestros esfuerzos en tareas más significativas. Es decir, nacen inferiores, pero pueden reivindicarse.
Déjenme explicarles mejor el primer punto: naturalmente, desde niñas incluso, las mujeres tenemos una natural tendencia a controlar, manipular, mandar, intuir, adivinar con precisión los pensamientos de los individuos con nuestros poderes mágicos. Bien, no son mágicos. Es simple poder de observación y aplicación de estrategias, a veces inconscientes, que nos permiten ejercer nuestra voluntad. Estas estrategias tienen una gama amplia y finísima de gestos, silencios, palabras precisas e incluso ausencias que nos permiten controlar a los demás. ¿Qué tiene esto de inferior? Nada, de hecho, es maravilloso, increíble, diría yo. Lamentablemente, las mujeres literalmente no ven más allá de su nariz. Estos poderes casi mágicos son utilizados para conseguir marido, malcriar a los niños, chismear de la vida de los vecinos, hacerse la víctima, para deprimirse, despreciar a los demás y quizá la peor de todas, para haraganear. Es decir, las habilidades naturales de una mujer no salen del ámbito doméstico.
Mi segundo punto es más complicado de ejecutar. Implica dejar la natural inclinación a “hacer cusha” o “a ser la reina del hogar” o “la damisela en peligro”, para pasar a tener un objetivo de vida práctico, exterior, que apunte al éxito socioeconómico, al reconocimiento por parte de tus iguales y tus superiores, a la satisfacción laboral o la llamada realización profesional. Implica estudiar, luchar contra un orden social previamente establecido, luchar contra la incredulidad. Es difícil. Muchas mujeres se recogen sobre ellas mismas y esperan que todo se resuelva solo o que se lo den resolviendo a cambio de nada, solo por ser mujeres “débiles y vulnerables” o a veces a cambio de sexo o usando a sus hijos como herramienta de sobrevivencia.
Muchas mujeres no quieren ni oír de estudiar y superarse. No le ven el sentido a buscar por ellas mismas las soluciones de sus problemas. No quieren educarse, leer, abrir su mente a oportunidades nuevas, a culturas nuevas, a comida nueva, a tecnología actual, a hacer inventos y a quizá más importante a ser un artífice del mundo, un ejemplo a seguir, un líder.
No es que todos los hombres quieran estudiar, ni que lleguen a ser muy importantes, ni que tengan un objetivo de vida, no. Pero hasta el hombre más miserable, más echado a perder, sale de su casa y tiene un plan y es perfectamente capaz de dejar todo atrás y superarse. Las mujeres no. Las mujeres nos encushamos y los problemas nos agobian. No los vemos como una oportunidad de cambio o de renovación, los vemos como un fracaso, como que hubiera fallado nuestra labor doméstica.
Lo más triste de esta mala pasada que nos juega la naturaleza es que muchas mujeres están contentas con esta vida, o peor que eso, prefieren vivir tristes y deprimidas antes que hacer el esfuerzo de superarse. En los hombres, la superación es algo natural. Las mujeres debemos hacer un esfuerzo consciente y de firme voluntad para superarnos y no es nada fácil. Tenemos miedo. Si salimos, nos pueden violar. Si menstruamos nos da vergüenza. Si sentimos placer nos sentimos indignas. Si tenemos un hijo (sin casarnos y sin estar bajo la protección de un hombre) es una tragedia. Si nos defendemos, nos sentimos culpables. Si vencemos a los demás, les tenemos compasión. Muchas veces se echa la culpa al machismo, los hombres son violentos y brutales, el patriarcado prima en la sociedad. Es verdad, no digo que no. Pero todavía más machistas son las mujeres que lo permiten. Las mujeres que prefieren actuar como víctimas, vagas, deprimidas y hasta adictas, todo con tal de no hacer el esfuerzo de superarse. Se tragan el miedo en vez de enfrentarlo.
Las estadísticas dicen que un 60% de las mujeres, de cualquier país, son golpeadas o abusadas. Mujeres de todo estrato social. En 20 años esa estadística no ha cambiado. Y en 5000 años de civilización humana la mujer no ha podido igualar sus derechos. Se abolió la esclavitud pero la mujer sigue abajo y seguirá allí. Es mucho lo que se habla del tema. Son muchas las personas interesadas en que la mujer consiga igualdad de derechos, una vida digna, educación, trabajo. Pero solo unas pocas quieren hacer ese esfuerzo duro, agotador, antinatural de superarse. Esas pocas pueden cambiar al mundo, pero no se engañen porque ese logro es perecedero. No solo se debe cambiar, se debe enseñar a las demás a cambiar. Y ese esfuerzo es brutal y necesario. Me siento muy orgullosa cuando veo a una mujer que sobresale como un pilar de lucha y liberación. La gran mayoría lamentablemente, seguirá siendo un rebaño de ovejas bobas y mudas.


Bellatrix Litterae

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