Se
ha tratado de definir al amor durante mucho tiempo sin lograrlo a cabalidad. Es
así que, para algunos seguidores del psicoanálisis, el amor es puramente
físico: un impulso natural de tus hormonas que te atrae hacia el sexo opuesto.
Para
el común de la gente es una cuestión de posesión: “te amo y por tanto, eres de
mi propiedad”. El amor se convierte entonces en una suerte de institución en
base comercial en la que se pelea a jalones por el patrimonio familiar.
Cualquier abogado me puede confirmar con estadísticas verídicas como una
historia de cuento de hadas se convierte en una fría cuestión de división
matemática.
Para
los poetas y los filósofos, el amor es una cuestión espiritual: una conjunción
de almas que va más allá de intereses, placer o leyes. Aunque de hecho éstas
ayudan con la inspiración de la poética actual.
En
su primera acepción más sencilla, el diccionario Aristos Sopena nos dice:
“Afecto por el cual busca el ánimo el bien y apetece gozarlo”. Una descripción
bastante curiosa, pues implican tres cosas de las que poco se habla: de la
justicia, la libertad y la igualdad.
Amar
de verdad: hacer el bien, proporcionar libertad, ser iguales en cuanto a
justicia, derechos y respeto, al ser amado y a nosotros mismos, ¿una utopía?
¿Por qué siendo la definición más simple y por lo tanto, la más obvia, no se
habla de ella ni aparece en la vida real?
Si
describimos un ejemplo de romance entre una pareja dicha “normal o común”, este
va a estar plagado de peleas, celos, intereses mezquinos e incluso muerte.
Nuestra naturaleza animal todavía no ha leído el diccionario; no ha aprendido
el elevado concepto del goce por el bienestar.
Por
ejemplo, en una rápida encuesta en la que hicimos una pregunta en apariencia
sencilla a adolescentes varones entre 12 a 15 de edad, “si pudieras escoger a
una mujer hermosa pero tonta, o a una inteligente pero fea, ¿a cuál escogerías?
Después
de una difícil reflexión, un 33% escogió a la mujer tonta, pero bella; y la
mayoría, un 66% escogieron a la mujer inteligente, pero fea.
Aunque
aún el porcentaje es importante, puesto que escoger a una mujer tonta implica
escoger a un ser inferior, es refrescante darse cuenta de que la juventud ahora
está mayormente influida por la idea de igualdad. Esperemos que no sea un
simple ideal.
Creo
sinceramente que el amor en su verdadera concepción solo podría ser posible en
el presente siglo XXI. El amor tiene al fin su oportunidad de mostrarse tal como
es en realidad solo en los albores de esta naciente centuria. ¿Por qué?
Porque
es tan solo en este siglo que al fin las mujeres hemos alcanzado la igualdad de
derechos y deberes con el hombre. Legalmente al menos, si bien es cierto que
todavía muchas mujeres aún viven como esclavas de una cultura tradicional
machista. Pero, es ahora cuando las mujeres podemos estudiar, trabajar, ocupar
cargos políticos, logros deportivos y científicos, en fin, ahora podemos decir
que intelectualmente somos iguales a los hombres.
Y
es necesario, ser iguales a quien se ama para que el amor sea verdadero. De
otra forma se cae en el primitivismo, en la violencia doméstica, en la mentira
y la traición, en la esclavitud. Para que el amor sea de verdad, tenemos
primero el deber de amarnos a nosotros mismos, y por fin, una mujer puede estar
lo suficientemente satisfecha consigo misma para amarse, porque ahora sí somos
verdaderos pilares de la sociedad.
Y
así, un hombre y una mujer mirándose de frente, de igual a igual, pueden descubrir
plenamente lo que es el amor verdadero. Nos demoramos cinco mil años, es
verdad, menos que más, pero al fin tenemos esa oportunidad única. No la
desperdiciemos.
Bellatrix Litterae
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