Amor verdadero en el siglo XXI

Se ha tratado de definir al amor durante mucho tiempo sin lograrlo a cabalidad. Es así que, para algunos seguidores del psicoanálisis, el amor es puramente físico: un impulso natural de tus hormonas que te atrae hacia el sexo opuesto.
Para el común de la gente es una cuestión de posesión: “te amo y por tanto, eres de mi propiedad”. El amor se convierte entonces en una suerte de institución en base comercial en la que se pelea a jalones por el patrimonio familiar. Cualquier abogado me puede confirmar con estadísticas verídicas como una historia de cuento de hadas se convierte en una fría cuestión de división matemática.
Para los poetas y los filósofos, el amor es una cuestión espiritual: una conjunción de almas que va más allá de intereses, placer o leyes. Aunque de hecho éstas ayudan con la inspiración de la poética actual.
En su primera acepción más sencilla, el diccionario Aristos Sopena nos dice: “Afecto por el cual busca el ánimo el bien y apetece gozarlo”. Una descripción bastante curiosa, pues implican tres cosas de las que poco se habla: de la justicia, la libertad y la igualdad.
Amar de verdad: hacer el bien, proporcionar libertad, ser iguales en cuanto a justicia, derechos y respeto, al ser amado y a nosotros mismos, ¿una utopía? ¿Por qué siendo la definición más simple y por lo tanto, la más obvia, no se habla de ella ni aparece en la vida real?
Si describimos un ejemplo de romance entre una pareja dicha “normal o común”, este va a estar plagado de peleas, celos, intereses mezquinos e incluso muerte. Nuestra naturaleza animal todavía no ha leído el diccionario; no ha aprendido el elevado concepto del goce por el bienestar.
Por ejemplo, en una rápida encuesta en la que hicimos una pregunta en apariencia sencilla a adolescentes varones entre 12 a 15 de edad, “si pudieras escoger a una mujer hermosa pero tonta, o a una inteligente pero fea, ¿a cuál escogerías?
Después de una difícil reflexión, un 33% escogió a la mujer tonta, pero bella; y la mayoría, un 66% escogieron a la mujer inteligente, pero fea.
Aunque aún el porcentaje es importante, puesto que escoger a una mujer tonta implica escoger a un ser inferior, es refrescante darse cuenta de que la juventud ahora está mayormente influida por la idea de igualdad. Esperemos que no sea un simple ideal.
Creo sinceramente que el amor en su verdadera concepción solo podría ser posible en el presente siglo XXI. El amor tiene al fin su oportunidad de mostrarse tal como es en realidad solo en los albores de esta naciente centuria. ¿Por qué?
Porque es tan solo en este siglo que al fin las mujeres hemos alcanzado la igualdad de derechos y deberes con el hombre. Legalmente al menos, si bien es cierto que todavía muchas mujeres aún viven como esclavas de una cultura tradicional machista. Pero, es ahora cuando las mujeres podemos estudiar, trabajar, ocupar cargos políticos, logros deportivos y científicos, en fin, ahora podemos decir que intelectualmente somos iguales a los hombres.
Y es necesario, ser iguales a quien se ama para que el amor sea verdadero. De otra forma se cae en el primitivismo, en la violencia doméstica, en la mentira y la traición, en la esclavitud. Para que el amor sea de verdad, tenemos primero el deber de amarnos a nosotros mismos, y por fin, una mujer puede estar lo suficientemente satisfecha consigo misma para amarse, porque ahora sí somos verdaderos pilares de la sociedad.
Y así, un hombre y una mujer mirándose de frente, de igual a igual, pueden descubrir plenamente lo que es el amor verdadero. Nos demoramos cinco mil años, es verdad, menos que más, pero al fin tenemos esa oportunidad única. No la desperdiciemos.


Bellatrix Litterae

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